15 dic 2025

El problema no es el marketing.

Saber palabras no es saber hacer “La educación sin criterio produce repetición, no comprensión.” El marketing real no vive en diapositivas ni en plantillas. Vive en la intersección entre análisis, creatividad, negocio, psicología, tecnología y contexto social. Reducirlo a teoría aislada es convertirlo en un simulacro.

Estephanie Loera

Social Media

15 dic 2025

El problema no es el marketing.

Saber palabras no es saber hacer “La educación sin criterio produce repetición, no comprensión.” El marketing real no vive en diapositivas ni en plantillas. Vive en la intersección entre análisis, creatividad, negocio, psicología, tecnología y contexto social. Reducirlo a teoría aislada es convertirlo en un simulacro.

Estephanie Loera

Social Media

No hay diplomado corto que sustituya la experiencia de trabajar con problemas reales, equipos diversos y sistemas vivos. El conocimiento fragmentado puede impresionar, pero rara vez transforma.


Creatividad no es un recurso explotable


“Lo creativo no florece bajo presión constante, florece donde hay orden y sentido.”

Uno de los errores estructurales del marketing actual es haber reducido la creatividad a una máquina de producción. Se espera que una sola persona piense, diseñe, escriba, analice, publique, responda clientes y gestione múltiples cuentas al mismo tiempo, como si el pensamiento pudiera industrializarse sin consecuencias. Todo ocurre bajo jornadas extendidas, presión constante y procesos mal definidos que priorizan la velocidad sobre la comprensión.

La creatividad no se acelera con desgaste. Se rompe. Pensar bien requiere espacio mental, estructura y claridad. Cuando eso se elimina, lo único que queda es ejecución mecánica: contenido sin intención, estrategia diluida y decisiones tomadas por inercia.

Esta lógica llevó a normalizar una forma de explotación que ya no se cuestiona. El daño no se queda dentro de los equipos. Se filtra directamente al resultado, pero no solo por agotamiento. El problema real es más profundo: a los equipos creativos no se les dan sistemas, procesos ni herramientas para trabajar bien. No hay software adecuado, no hay infraestructura, no hay buenas computadoras, no hay plataformas claras, no hay método. Se espera excelencia desde la precariedad.

A esto se suma la práctica cada vez más común de contratar practicantes o perfiles junior con sueldos por debajo de los seis mil a ocho mil pesos mensuales para resolver tareas que requieren criterio, experiencia y pensamiento estratégico. El resultado es inevitable: diseños mediocres, sin guion, sin intención, sin diferenciación real. No por incapacidad individual, sino porque el sistema está diseñado para producir volumen barato, no soluciones.

Mientras tanto, cada diseñador o creativo genera ingresos que rondan entre 120 a 160 mil pesos mensuales para la agencia, recibiendo a cambio sueldos de seis a 6 mil a 12 mil pesos, sin prestaciones, sin seguridad social y sin respaldo profesional. A cambio de poder viajar alguna vez al mes o trabajar desde casa. Esa brecha no es solo injusta, es insostenible.


Esto no es eficiencia empresarial ni cultura de esfuerzo. Es una distorsión ética. Y como toda distorsión, termina afectando todo el sistema.

El cliente de la Agencia también lo percibe.

No recibe atención real, no hay acompañamiento estratégico, las respuestas son tardías o superficiales y el servicio se vuelve genérico. Todos los negocios empiezan a verse iguales. Aquí aparece un fenómeno bien conocido en marketing: la comoditización. Cuando ninguna marca se distingue, todas compiten solo por precio y visibilidad, no por valor.

La agencia deja de construir marca y comienza a fabricar piezas intercambiables. El marketing pierde su función estratégica y se convierte en un trámite operativo. El cliente se frustra, desconfía y termina tomando una decisión lógica: intentar hacerlo por su cuenta. No porque quiera ser experto en marketing, sino porque el sistema al que pagó nunca le ofreció algo mejor que mediocridad repetida.

Ese es el verdadero costo del modelo actual. No solo explota a quienes crean, también empuja a los dueños de negocio a abandonar su rol estratégico para sobrevivir en un entorno donde nadie parece hacerse responsable del resultado final.

Esto no es eficiencia empresarial ni cultura de esfuerzo. Es una distorsión ética. Y como toda distorsión, termina afectando todo el sistema.


La deriva es la forma más silenciosa de fracaso: parece movimiento, pero no construye nada.


En The Broken House creemos que el marketing puede hacerse distinto, tanto para quienes crean como para quienes confían su marca en nuestras manos. Cuidar a los equipos no es una postura romántica, es una decisión estratégica: cuando las personas trabajan con claridad, herramientas adecuadas y procesos definidos, el cliente recibe atención real, pensamiento profundo y soluciones sostenibles.

Aquí la creatividad no nace del agotamiento, nace de la estructura. Trabajamos con sistemas, metodologías y límites claros que permiten pensar antes de ejecutar. Para el cliente, esto se traduce en mensajes coherentes, decisiones justificadas, estrategias estables y resultados que pueden explicarse, medirse y sostenerse en el tiempo.

La cercanía no se promete, se construye. Acompañamos de forma continua, escuchamos y damos seguimiento real a cada proyecto porque entendemos que una marca no es una cuenta más: es un sistema vivo que necesita contexto, criterio y atención constante. El cliente no compite por minutos, forma parte del proceso.

Nuestro framework existe para proteger esa relación. Analizamos antes de prometer, diagnosticamos antes de crear y construimos solo cuando tiene sentido hacerlo. Cada decisión responde a una estructura clara, eliminando la improvisación y devolviendo algo que hoy escasea en el marketing: confianza.


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